5 junio, 2026

30 Abril, 2026

La glucosa es el combustible más rápido y eficiente que utiliza el organismo para funcionar. Se trata de la energía que alimenta al cerebro, al corazón y a los músculos, y por eso el cuerpo la prioriza por encima de cualquier otro nutriente.

Aunque solemos asociarla al azúcar normal, lo cierto es que la mayoría de los carbohidratos que comemos, desde un plato de pasta hasta una pieza de fruta, acaban transformándose en glucosa. Parte se usa de inmediato y el resto se guarda en forma de glucógeno, una especie de ‘reserva energética’ que el cuerpo almacena para cuando la necesite.

Sin embargo, el problema comienza cuando consumimos demasiado azúcar, algo que pasa frecuentemente, pues se esconde en numerosos productos cotidianos como refrescos, bollería, salsas, yogures azucarados o cualquier alimento ultraprocesado.

La nutricionista Boticaria García compara este exceso con una molesta situación que todos hemos vivido alguna vez. «¿Alguna vez se te ha quedado pegado un Chupa Chups en la mano o en la ropa?», plantea en su última pieza para la revista Magas. «Este efecto pegajoso del azúcar en tus dedos también ocurre dentro de tu cuerpo», añade.

Boticaria García advierte de un envejecimiento prematuro por fuera y por dentro

La divulgadora explica que, cuando consumimos más azúcar del que debemos, «parte de esta glucosa se queda pegada a proteínas importantes como el colágeno», lo que tiene consecuencias directas en nuestro aspecto físico. «Hace que la piel pierda su elasticidad y envejezcamos por fuera», apunta.

Un efecto que no se queda en lo superficie, sino que se traspasa al organismo: «El azúcar también se pega a los vasos sanguíneos y se endurecen. Si los vasos se vuelven rígidos, la sangre circula peor, la presión sube y el corazón tiene que trabajar más». «Si tus arterias envejecen, tu cuerpo también envejece antes», resume.

¿Significa esto que eliminar el azúcar por completo de nuestra vida? Boticaria García lo tiene claro: no, la clave está en consumirlo en su justa medida. «El azúcar no es un veneno, el veneno está en la dosis», apostilla.

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