Cada una de las desigualdades de género que arrastran las mujeres funcionan sobre ellas como una especie de gota malaya que va minando, poco a poco, distintas esferas de su vida. Ganan menos, tienen más probabilidades de sufrir desempleo, dedican más tiempo al trabajo doméstico y a los cuidados, están subrepresentadas en política y en puestos de liderazgo profesional, tienen más riesgo de sufrir acoso sexual… La lista de desventajas estructurales es larga y sus repercusiones, inmensas. También en salud o en el propio bienestar, que es un indicador clave de la calidad de vida. Ahí hay, según la literatura científica, otra brecha de género, aunque en ella cohabitan curiosas paradojas que traen de cabeza a los expertos.
Una revisión científica ha analizado, precisamente, esas grietas de género en el bienestar, si existen y persisten a pesar de los avances sociales, y ha ahondado, además, en un par de contrasentidos que se dan en este campo. En concreto, los autores han estudiado cómo es posible que las mujeres manifiesten cotas más altas de felicidad cuando arrastran peores resultados en salud mental, por ejemplo; o de qué manera se explica que, a pesar de los avances sociales y económicos de las mujeres en las últimas décadas, sus niveles de bienestar, en comparación con los de los hombres, han disminuido. Los investigadores asumen que hay una gran variabilidad entre países y esas aparentes contradicciones no siempre se cumplen en todas partes, pero confirman la existencia de una brecha en el bienestar según el género, que achacan a una mezcolanza de factores biológicos, cuestiones culturales y variaciones en cómo las personas usan las escalas de bienestar. La conclusión: la evidencia global apunta a que sí hay un declive en el bienestar de las mujeres, sobre todo, en términos de malestar emocional.