20 Febrero, 2026
Hoy en día los lineales de yogures de los supermercados ofrecen multitud de productos y esto nos puede llevar a confundir lo que es un yogurt y lo que es un postre lácteo, ya que la frontera que existe entre los dos cada vez es más difusa. Tienen envases similares, los sabores son parecidos, hablan de la cremosidad, pero desde el punto de vista tanto tecnológico como nutricional son distintos.
El yogur es un aliento que se obtiene de la fermentación de la leche cuando se le adicionan dos bacterias:
Lactobacillus delbrueckii subsp. bulgaricus
Streptococcus thermophilus
Estas transforman la lactosa (azúcar) en ácido láctico y mediante este proceso se modifica el sabor (más ácido), la textura y la composición del alimento. Esta fermentación además hace que el yogur contenga bacterias vivas y además hace que parte de la lactosa (que se han comido las bacterias para crecer) se reduzca, por eso muchas personas con intolerancia a la lactosa toleran mejor los yogures que la leche.
En cambio, los postres lácteos no tienen porque estar fermentados. Sí que pueden contener leche y otros derivados lácteos pero en su elaboración no existe esta fermentación. Las natillas, los mousses, cremas, que pueden llevar huevo, espesantes, grasas adicionales y azúcares añadidos para conseguir esa textura cremosa que los caracteriza.
Esta diferencia no es solo de elaboración ni de ingredientes sino también nutricional. Mientras que el yogur natural solo contiene leche y fermentos, este nos va a aportar proteínas de buena calidad calcio y microorganismos beneficiosos para nuestra microbiota. En los postres lácteos podemos encontrar una lista de ingredientes mucho más larga, que en muchos casos aumenta la densidad energética sin aportar valor nutricional y por supuesto carecen de los microorganismos vivos que tan bien nos vienen para nuestra microbiota.
Algo que no debemos pasar por alto es la diferencia en el punto de saciedad, ya que el yogur natural es rico en proteínas y es mucho más saciante que un producto lácteo que suele contener más azúcar. Y a esto se suma que la combinación de estas proteínas y la fermentación influyen positivamente en la respuesta metabólica y percepción de plenitud.
¿Debemos demonizar los postres lácteos?, pues tampoco, pero confundirlos es un error. El consumo ocasional de un postre lácteo dentro de un patrón dietético saludable no es el problema. Lo que sí es importante, es saber diferenciarlos, porque el problema recae en que muchas personas piensan que nos aportan los mismos beneficios.
Entonces a la hora de elegir, lo ideal es siempre hacer una buena lectura del etiquetado, no quedarnos solo en las kilocalorías. Si el primer ingrediente es la leche y los fermentos, estamos frente a un yogur. Luego será de mejor o peor calidad nutricionalmente hablando si se les ha añadido azúcar y otros ingredientes, pero será un yogur. Y si en esta lista aparecen almidones u otros espesantes, huevo, azúcares y otros adictivos ya estamos ante un postre lácteo, aunque los envases sean parecidos.
Así que cuando estés frente al amplio lineal de los yogures y a simple vista no sepas cómo diferenciarlos, fíjate en los ingredientes. No se trata de prohibir nada, sino saber bien lo que eliges y la frecuencia con lo que lo añades a tu alimentación.